Niño del Chañi, la montaña te esperó más de un siglo
En 1905, una expedición llegó a la cima del Nevado de Chañi, en la cordillera oriental andina entre las actuales provincias de Jujuy y Salta. A casi 5.900 metros de altura, encontraron el cuerpo de un niño indígena acompañado de un ajuar ceremonial. Había sido depositado allí siglos atrás, durante el período incaico, como parte de una ceremonia de capacocha: uno de los rituales más importantes de la cosmovisión andina, mediante la cual niños y niñas eran ofrendados a las montañas sagradas, los Apus.
El cuerpo fue retirado de la montaña y trasladado a Buenos Aires. Desde entonces permaneció en el Museo Etnográfico “Juan B. Ambrosetti” de la Universidad de Buenos Aires. Pasaron 119 años.
Lo que para la arqueología argentina se transformó en uno de los hallazgos más importantes de comienzos del siglo XX, para las comunidades indígenas de la Puna nunca dejó de ser otra cosa: un ancestro arrancado de su territorio ceremonial.
Hoy, más de un siglo después, el niño del Chañi finalmente regresa.
La restitución no comenzó en los despachos universitarios ni en los laboratorios de conservación. Comenzó en la memoria de las comunidades. En El Moreno y El Angosto —poblaciones puneñas ubicadas al pie del Chañi— la historia de la montaña siguió viva generación tras generación. El Chañi no era una pieza arqueológica: era y sigue siendo un Apu, una entidad viva dentro de la espiritualidad andina.
Las investigaciones arqueológicas realizadas en las últimas décadas confirmaron la importancia ceremonial de la montaña. Estudios de Christian Vitry identificaron caminos rituales, plataformas ceremoniales y estructuras vinculadas a prácticas religiosas de alta montaña. Incluso hoy existen indicios bastante precisos sobre el posible lugar donde el niño habría sido enterrado originalmente antes de ser extraído en 1905.
Pero el reclamo por la restitución no se construyó únicamente desde la arqueología. También se construyó desde la persistencia política y organizativa de las comunidades puneñas.
La historia de la restitución del niño del Chañi
En diciembre de 2020, la Comunidad Aborigen El Angosto y la Organización Comunitaria Aborigen “Sol de Mayo” presentaron formalmente el pedido de restitución ante el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas y el Programa Nacional de Identificación y Restitución de Restos Humanos Indígenas. En esa nota exigían la devolución de “los restos humanos indígenas encontrados en el Nevado del Cerro Chañi (nuestro Apu)” y reclamaban que regresaran a su territorio ceremonial.
El documento es importante no solamente por su contenido jurídico. También porque marca un punto de inflexión histórico: las comunidades dejaron asentado por escrito algo que durante décadas había sido invisibilizado en gran parte de la narrativa oficial argentina. El niño del Chañi no pertenecía a una colección científica ni al patrimonio de una institución. Pertenecía a una historia viva, a un territorio y a un pueblo.
La restitución comenzó entonces a abrir una discusión más profunda: ¿qué significa conservar restos humanos indígenas en museos? ¿Quién tiene derecho a decidir sobre ellos? ¿Puede hablarse de patrimonio cuando las comunidades reclaman que esos cuerpos son ancestros y no objetos científicos?
Durante gran parte del siglo XX, los cuerpos indígenas fueron exhibidos, estudiados y almacenados en instituciones académicas bajo una lógica colonial que separaba a los pueblos originarios de sus propios sistemas espirituales. El caso del Chañi forma parte de esa historia.
El propio contexto en el que se realizó la extracción del niño refleja una época atravesada por expediciones científicas, campañas militares y proyectos estatales de ocupación territorial en la puna. Los textos históricos de Eric Boman y otros investigadores muestran una mirada típica de los comienzos del siglo XX: las comunidades indígenas eran descritas como poblaciones aisladas que debían ser incorporadas al Estado nacional.
Sin embargo, las comunidades nunca desaparecieron.
El trabajo de Cristina Argañaraz sobre El Moreno demuestra precisamente eso: que, pese a los procesos de despojo, servidumbre y marginación, las poblaciones indígenas de la puna mantuvieron formas de continuidad histórica, cultural y territorial durante todo el siglo XX.
La restitución del niño del Chañi no puede entenderse por separado de esa historia más amplia.
Por eso el proceso actual no se limita a un traslado administrativo de restos humanos desde Buenos Aires hacia Jujuy. El proyecto impulsado por las comunidades incluye ceremonias ancestrales, procesos educativos, la construcción de un museo comunitario y la producción colectiva de memoria.
La propuesta prevé que el reentierro se realice dentro de una vasija de barro especialmente preparada para el regreso al territorio ceremonial. También contempla talleres textiles, materiales educativos y registros audiovisuales realizados junto a la comunidad.
Las imágenes de las vasijas ceremoniales preparadas para la restitución condensan gran parte de ese significado histórico. Sobre el barro todavía fresco puede leerse: “Restitución Wawa Apu Chañi”. Debajo aparecen los nombres de las comunidades de El Moreno y El Angosto. No se trata solo de recipientes funerarios: son objetos políticos y espirituales al mismo tiempo, símbolos concretos de un retorno esperado durante generaciones.
En julio de 2024, el Consejo Directivo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA aprobó oficialmente la restitución del niño del Chañi y de los objetos que integraban su ajuar ceremonial. La resolución reconoce que el cuerpo permanecía en el museo desde 1905 y dispone su devolución a una comunidad del pueblo kolla de Jujuy.
Qué implica la restitución del niño del Chañi
El gesto tiene una dimensión institucional importante. Pero para las comunidades, el significado va mucho más allá de una resolución universitaria.
El retorno del niño al Chañi implica restablecer un vínculo interrumpido durante más de un siglo entre la montaña, el territorio y el ancestro. Implica también cuestionar una larga tradición argentina de apropiación científica de cuerpos indígenas.
Durante décadas, los museos latinoamericanos construyeron parte de sus colecciones a partir de restos humanos extraídos de cementerios, sitios ceremoniales y territorios indígenas. En muchos casos, esas prácticas fueron legitimadas por discursos científicos que consideraban a los pueblos originarios como objetos de estudio antes que como sujetos políticos y espirituales con derechos propios.
Las restituciones están transformando lentamente esa lógica.
No se trata solamente de revisar colecciones museográficas. Se trata de revisar las relaciones históricas de poder.
En el caso del Chañi, además, existe una dimensión profundamente simbólica vinculada a la montaña misma. La tesis doctoral de Christian Vitry describe al Chañi como uno de los grandes Apus andinos y documenta la existencia de caminos ceremoniales que ascienden hacia la cumbre, de plataformas rituales y de estructuras asociadas a ceremonias de alta montaña.
En la cosmovisión andina, las montañas no son accidentes geográficos inertes. Son entidades vivas, protectoras, capaces de ordenar vínculos entre comunidades, territorio, agua, clima y espiritualidad. Por eso el regreso del niño al Chañi no es percibido únicamente como una reparación histórica humana. También se entiende como una restitución espiritual hacia la propia montaña.
Después de 119 años, la wawa del Chañi finalmente regresa a su Apu.
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Separata | ¿Qué era la capacocha?
La capacocha fue una de las ceremonias más importantes del Tawantinsuyu. Consistía en la ofrenda ritual de niños y niñas a las deidades andinas, especialmente a los Apus, las montañas sagradas. Estos rituales se realizaban en contextos excepcionales: la muerte de un Inca, grandes acontecimientos políticos, sequías, conflictos o ceremonias vinculadas con el equilibrio espiritual y territorial.
Los niños seleccionados eran considerados seres puros y se les preparaba durante largos recorridos ceremoniales antes de ser llevados a las altas cumbres. Allí eran depositados junto a textiles finos, alimentos, plumas, figuras y objetos rituales.
Uno de los casos más conocidos es el de los Niños del Llullaillaco, hallados en 1999 en el volcán Llullaillaco, a 6.739 metros de altura, en la frontera entre Argentina y Chile. Allí fueron hallados los cuerpos congelados de tres niños incas excepcionalmente conservados: una adolescente conocida como “La Doncella”, un niño y una niña pequeña, acompañados de un ajuar ceremonial extraordinario.
Debido a las condiciones extremas de frío y sequedad de la montaña, los cuerpos se conservaron de manera excepcional y actualmente pueden verse en el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM), en la ciudad de Salta. El museo desarrolló complejos sistemas tecnológicos y científicos de conservación para mantener condiciones ambientales similares a las de la alta montaña y preservar tanto los cuerpos como los objetos ceremoniales asociados.
El hallazgo tuvo un enorme impacto internacional y permitió profundizar en investigaciones sobre la ritualidad incaica, la alimentación, la salud y las ceremonias de alta montaña. Al mismo tiempo, abrió debates éticos sobre la exhibición de cuerpos indígenas en museos y los derechos de las comunidades originarias respecto de sus ancestros y sitios sagrados.
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Separata | ¿Qué se sabe del niño del Chañi?
Los estudios arqueológicos realizados sobre el cuerpo hallado en el Nevado de Chañi indican que se trataba de un niño de entre 5 y 6 años.
Fue encontrado acompañado de un importante ajuar ceremonial compuesto por textiles, sandalias, bolsas tejidas y diversos objetos rituales vinculados a ceremonias incaicas de alta montaña.
Los registros históricos indican que el cuerpo se encontraba en posición flexionada y notablemente conservado gracias a las condiciones extremas de frío y de altura del Nevado de Chañi.
Hasta el momento no existen estudios biomoleculares o genéticos tan exhaustivos como los realizados sobre los Niños del Llullaillaco. Sin embargo, las investigaciones arqueológicas sí permitieron confirmar que el hallazgo formaba parte de una ceremonia de capacocha realizada durante el período incaico.
